DEMOCRACIA PARA TODOS

EL VOTO POPULAR Y LAS ENCUESTAS

por OSVALDO PEUSNER

8 agosto 2015

 
Ocurrió hace medio siglo, a 9.000 Km de distancia de Buenos Aires, pero bien pudo haberme sucedido a mí mismo, aquí mismo, hoy mismo. Sorprendentemente, el propio Borges sufrió un caso similar, que él convirtió en arte a través de un cuento, y quiero suponer que así sufrió las consecuencias del hecho menos dolorosamente que yo. Pero no voy a dejar de usar el mismo antídoto literario que él, en otra dosis debido a mi inferior talento. El encuentro del escritor fue en el año 1969, en Cambridge, al norte de Boston, donde se había sentado en un banco frente al río Charles, con la avenida Memorial detrás del banco y “un alto edificio” detrás de la avenida, cuando apareció un segundo Borges, cincuenta años menor, “recienvenido” de Ginebra, que tomó asiento junto a él para hablarle de la familia, de Heráclito y del correr de la vida. Este encuentro con sus graves consecuencias quedaron registrados en “El otro”, uno de los cuentos preferidos de Borges, dentro de El libro de arena, quizás su libro favorito. Al mismo tiempo yo vivía en el alto edificio que menciona Borges en su cuento, que no era otra cosa que un dormitorio de varones del MIT, desde donde yo, frecuentemente, miraba hacia el río, más allá del río, más allá de Borges, más allá de Heráclito, para enfocar la vista, la imaginación y el deseo  en la Tower, la torre más destacada de Boston University, que servía de morada a una multitud de alumnas entre quienes debía de encontrarse la chica afectuosa a la que aún no había logrado conocer. Afortunadamente, yo compartía entonces un cuarto del primer piso del alto edificio llamado Baker House con Alfredo Solís, un panameño siempre dispuesto a celebrar las alegrías terrenales.
– Chico – me adelantó risueño -, este domingo tendrás que interrumpir el estudio y la soledad -. Vas a conocer a la estudiante más popular de la Tower.
Lo miré extrañado pues, después de mis primeros tres meses en aquella ciudad, había declinado todas las citas a ciegas, presentaciones o encuentros con chicas del vecindario pues los intermediarios me habían resultado menos confiables que los vendedores de autos usados. Pero como Alfredo no entraba en la categoría, me interesé un poquito más que en otras ocasiones:
– ¿Y por qué una alumna tan popular de la Torre va a querer conocerme a mí? – me surgió del alma, piadosamente omitiendo la continuación  “que no soy nadie”.
Ahora Alfredo parecía crecer en jocosidad al responderme:
– Porque cuando llegás a ser tan popular como Lucy, ni tenés el tiempo para entablar relaciones profundas – comenzó a discursear mi “roomate” quien, digámoslo aquí como reconocimiento, fue mi maestro del discurso, más aún que el gran Pericles -, por eso le pidieron a Linda que se encargara del tema.
– ¿No voy a terminar “hundido” como en la batalla naval? – me arriesgué a preguntar.
No sería el caso, en las palabras de mi amigo, pues él y las dos chicas eran panameños capaces de vincular a dos océanos tan poderosos como el Atlántico y el Pacífico. Atiné a decirle que yo no era panameño, que no bailaba como ellos, que ni siquiera sabía la letra de “El tambor de la alegría”.
– No tenés que ser Balboa para salir con Lucy – respondió rezongando sin reír-. Sólo tenés que lucirte porque sos el más popular que nos queda en todo el edificio.
Ahora comprendía mejor. El encuentro se haría para satisfacer las inclinaciones populares de dos edificios separados por las aguas de un río tan cambiante que “no se puede entrar dos veces en el mismo”, en el decir de Heráclito. Entretanto Alfredo emitía una risotada antes de anunciarme:
– O si preferís cancelar, siempre nos queda “Mano de Piedra”…
Se refería a Roberto Durán, el mejor boxeador panameño, uno de los grandes en la historia del boxeo.
– No quiero lastimarlo – intervine sonriendo -. Y si él no aceptara, ¿le pedirías ayuda a Durán Durán?
Me miró desde las alturas.
– La banda entera lleva ese nombre. En nuestro caso, si nos fallara “Mano de Piedra” , lo reemplazaría su primo “Cara Dura” Durán, el del mentón irrompible.
Me sonreí al decir:
– Prefiero salir con Lucy.
– Entonces dame cinco dólares, chico.
Mi expresión facial debió reflejar mi sorpresa y la pregunta que, afortunadamente, no llegué a emitir:
– ¿Vas a cobrarme por presentarnos?
Indudablemente Alfredo no necesitó escucharme para captar la idea, fruncir el ceño y verbalizar:
– Cada rosa vale cinco dólares – retomó -. Voy a comprar una para Linda y otra para Lucy en el local del  Boston Rose Florist de la avenida Massachusetts. ¿Querés venir conmigo?
Otra vez mi cara no lograba disimular una nueva pregunta tácita: ¿es necesario?, a la que mi amigo respondió sin escucharla.
– Si, chico, el domingo serás un caballero latino.
¿Caballero latino? No sabía que existieran. Yo había leído sobre Rodolfo Valentino, un actor italiano de Hollywood a quien llamaban el “amante latino”, pero se había muerto en 1926 y ya no lo recordaban ni sus fans ni los memoriosos del cine. Por otra parte, difícilmente me convertiría en un amante latino llevándole una flor solitaria a la amiga de Linda. Ojalá que no me vinculara con los Sharks, la pandilla portorriqueña que se mataba con los Jets blancos en las calles de Manhattan, para emular a los Capuletos y Montescos de Verona, bajo la música de Leonard Bernstein.
– ¿No le va a dar un ataque de risa, che? – me atreví a marcar -. ¿No me tomará por un tiburón de “Amor sin barreras”?
A quien le dio entonces un acceso de risa fue a mi divertido roomate. Apenas recuperó el aire, trato de hablarme:
– No, chico, nadie te confundirá con el pez tiburón, el rey de los mares salados del cha-cha-chá – y volvió a reírse mientras se alejaba sacudiendo la cabeza y cantando la frase siguiente: “el rey de los amantes dotados”. Y el maldito volvió a reírse.
Ese domingo la chica popular se encontró con el chico popular mucho antes de que lo hicieran Sandy y Danny en Grease. Por supuesto, debo aclararle que mi aspecto no era precisamente el de Travolta (tampoco el de Travolta se parecía al mío); menos aún entrando al gran lobby de la Tower femenina con una rosa gigantesca en la diestra. Minutos después, varias chicas salían de uno de los ascensores y una de ellas me buscaba sin titubear. Y tampoco titubeó cuando se me acercó y se abrazó de mi cuello con firmeza llegándome a decir por lo bajo: ayúdame, me están mirando. Quédese tranquilo, lector, yo no desilusioné a Lucy mientras ella me lo permitió. Salimos del edificio tomados del brazo, sonrientes, visiblemente observados, hasta que nos alejamos de la torre. Un par de cuadras más tarde, la joven trató de aclararme que ella no era así, y yo le aclaraba que yo tampoco lo era, por lo que, prudentemente, fuimos así durante un buen rato más por si las circunstancias nos impedían repetir el contacto.
– La popularidad es tan destructiva – comenzó -. Esperan que tu vida sea un comercial de la tele.
Me sonreí porque, si hubiera tenido la primera línea para decir, yo habría dicho exactamente la misma. Varias coincidencias después nos llevaron a caminar hacia la avenida Massachusetts, a cruzar el río por el puente, a pasear por la rambla de la Avenida Memorial, llegar hasta el dormitorio de varones del MIT y hacer nuestra entrada triunfal para los observadores. Lo demás ocurrió en cabezas que no eran las nuestras, porque lo demás nunca sucedió, como casi todas las cosas que andan imaginando las cabezas. Al salir del edificio buscamos la ribera, donde elegimos el banco de los dos Borges para sentarnos y,  finalmente, hablarnos.
–  ¿No sería mejor vivir con la multitud en lugar de ser los arquetipos de la multitud? – empecé.
– Sí, claro, sólo que la multitud está más muerta que la rosa para escuchar nuevas ideas – redondeó dibujando una circunferencia en el cielo con la flor bostoniana de raíces mesopotámicas. Me sonreí pensando que una rosa difícilmente muere porque, aunque pierda los pétalos, conserva el aroma en un perfume, el gusto en una comida, las vitaminas en un remedio, el nombre en una isla del Mediterráneo o la marca en la piel de un felino.
Lo cierto es que Lucy y yo nos entendimos perfectamente. Caminamos, conversamos, merendamos, disfrutamos y… sí, estimados lectores, y nada más que eso, una buena compañía para una buena tarde en una ciudad muy agradable y punto. Unas horas después, Lucy y yo nos saludábamos en el lobby del Tower dejándole pistas falsas a una audiencia entrenada en la lectura de encuentros y desencuentros. Sabíamos que no volveríamos a vernos pero sabíamos también que muchos se interesarían en saber por qué no y qué no aceptarían no saber lo que no sabían ni debían saber. ¿Falta de atracción? ¿Alergia dérmica? ¿Incompatibilidad emocional? ¿Aburrimiento intelectual? – no servirían pues darían pie a las molestas intervenciones de los pasteleros, samaritanos y milagreros de siempre, meros desocupados dispuestos a tirar el extremo salvador de una soga para ofrecerle el otro extremo al verdugo más cercano. Preferimos seguir un curso diferente, un desenlace más adecuado para un sainete que para una alianza formada democráticamente. Nos despedimos como viejos parientes, como compañeros de ruta, como amigos del alma, como gente que no necesita encontrarse porque siempre está presente. Nos mandamos saludos para varios parientes y amigos que nuestra audiencia desconocía y que nosotros jamás habíamos tenido en nuestras familias o en nuestras referencias. Muy conmovidas, algunas de las alumnas presentes me  acompañaron visualmente al retirarme del Tower.
Al entrar a mi cuarto de Baker House, Alfredo y Linda se sorprendieron ante mi llegada y tuvieron que desenlazar sus brazos y piernas para desarmar un entreverado abrazo.
– ¿Por qué tan temprano, chico? – se arriesgó a decir mi roomate, antes de recuperar la normalidad en la voz o en la respiración.
Le conté que había terminado mi salida con Lucy, que no habían dejado ninguna señal en la puerta para indicarme que la habitación estaba ocupada, que ellos dos me habían sorprendido a mí, que podía retirarme del cuarto de inmediato, que…
– Nada de eso, che – me cortó Alfredo.
– ¿Qué te pareció Lucy? – completó la chica, todavía más turgente que formal.
– ¡Fabulosa! – contesté sin titubear.
Una risotada panameña después se anticipó a la pregunta obligada:
– ¿Y cuándo volverás a encontrarte, chico?
Aspiré hondo antes de emitir una respuesta que indudablemente resultaría molesta:
– ¡Nunca!
– ¿Nunca?
– Nunca – reiteré con firmeza.
– Mirá, chico – retomó Alfredo preocupándose -. Si algo anduvo mal, recuerda que la primera vez…
– No, no – sonreí inesperadamente -. Todo fue perfecto, quizás el mejor encuentro de mi vida.
– ¿No tendrás miedo? – insistió ahora Linda con picardía.
Sus palabras me dejaron pensativo. Tanto Lucy como yo esábamos molestos por habernos reunido a través del voto mayoritario de los residentes universitarios a uno y otro lado del río, y no por el azar de un transporte público o la pastelería de un aula o el abrazo anónimo de una fiesta o el flechazo de Cupido  en el centro de nuestros corazones.
– ¿Miedo a qué? – pregunté viéndome acorralado.
Mi amigo esbozó una sonrisa ganadora.
– A enamorarte de Lucy, chico.
No, dije desde mi cabeza, que se sacudía reflejando cierta tristeza.
– No, no – prologué, insistí y mantuve y mantuve y mantuve hasta que surgió una media verdad -. Sí, tengo mucho miedo.
Ambos integrantes de la pareja panameña me tomaron las manos, como diciéndome “Estamos contigo, chico”, pero ni ellos ni nadie, ni siquiera ustedes lectores, hubiera podido comprender, o siquiera imaginar, que la cuestión era más fuerte que las mismas formas de Lucy.
– Sé que no van a abandonarme – les adelanté -, pero Lucy me obliga a pensar en la tragedia de mi país.
Ahora ellos me miraron sorprendidos e inquisidores. ¿Qué relación puede tener la Argentina con el encuentro de dos estudiantes universitarios de Boston?
Tuve que aclararlo sin que me faltara la vergüenza:
– Lucy y yo nos citamos por las encuestas que hicieron Linda y vos.
– ¿Y? – me preguntaron al unísono -. Fueron encuestas totalmente válidas.
No podían desviarme con sus tecnicismos estadísticos.
– En la Argentina, el ganador en la encuesta es el perdedor en la votación.
Los dos se miraron sin poder entender una respuesta tan paradójica. Igualmente prosiguieron:
– Aunque las encuestas fueran descartables, recordá que la mayoría los eligió a cada uno de los dos por votación de los dormitorios.
Sacudí la cabeza pues veía que no captaban casi nada. Quise ser piadoso pero veraz:
– En mi país la mayoría siempre se equivoca.
Luego, tomé mi llave del cuarto y los dejé a solas para que pudieran pensar en la democracia y en amarse democráticamente.
 

PERFIL/PROFILE
¿Quién es Osvaldo? Who is Osvaldo?
o (Si llegara a leerme demasiado tarde)
or (if you happen to read me a bit late)
¿Quién fue Osvaldo? Who was Osvaldo? (but don't get sad yet)
Osvaldo recibió tres títulos del M.I.T.: uno laboral, en ingeniería química; otro secante, en Filosofía, y otro humectante, de guardavidas de la Cruz Roja Internacional. Valga aclarar que nunca salvó a nadie.
Osvaldo obtained three degrees at M.I.T.: a major one in Chemical Engineering, a minor one in Philosophy, and a medium one in Lifesaving. Of course, he never saved anybody’s life.
Osvaldo practicó el humor antes del despido en sus variadas actividades:
Osvaldo practiced humour before he was fired from the numerous jobs and activities that he engaged in and we list below:
- como profesor de Humor en la Literatura en el MUSEO MALBA,
- Professor of Literary Humour at the MUSEO MALBA (Argentina’s MOMA),
- como Director de ingreso del I.T.B.A. entre los años 2000 y 2003 y profesor de Dirección de Proyectos durante 8 años en la misma institución,
- Dean of Admissions from 2000 to 2003 at the Buenos Aires Institute of Technology and full professor in Project Management during 8 years at the same institution,
- como Gerente de proyectos de la Organización TECHINT durante 10 años,
- Project Manager during 10 years at Techint, the largest engineering, procurement, and construction company in Argentina,
- como director de producción de la MINA ÁNGELA, yacimiento de oro, plata, cobre, plomo y zinc en la Patagonia, donde ni siquiera supo hacerse rico,
- Production Manager at MINA ÁNGELA, a gold, silver, copper, lead, and zinc mine where he didn’t become rich at all,
- como ingeniero en procesos de nylon de DUCILO (Du Pont Arg),
- Process engineer at DUCILO’s (DU PONT fibers) nylon factory in Berazategui, State of Buenos Aires, where he studied women’s stockings and underwear rather than women themselves,
- como profesor de Teoría del conocimiento y Metodología de la investigación en la U.T.N. Gral Pacheco, que durante su gestión se llamaron Teoría de la Ignorancia,
- Professor in Theory of Knowledge (Episthemology) at the UTN (National Technical University) graduate school, a course familiarly identified as Theory of Ignorance during his times,
- como escritor de fracasados libros y aburridos artículos, que actualmente están ubicados en las mesas de liquidación del Parque Rivadavia,
- writer of various unreadable books and many most boring articles,
- como columnista radial en FM CULTURA y RADIO DE LA CIUDAD, donde gracias si, por distracción, lo escuchaba algún colega de la mesa,
- radio commentator for FM CULTURA and AM RADIO DE LA CIUDAD,
- como coordinador de talleres literarios de niños, adolescentes y grandes,
- coordinator of literary worshops for children, teenagers and adults,
- como jugador de vóleibol de primera división de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, donde aprendió a vivir a los pelotazos.
- first division volleyball player for Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, one of the four top teams in the local league.

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