¿SEMITA, ARIO O HEPÁTICO?

POR CULPA DE ADÁN, POR CULPA DE  PROMETEO,

POR CULPA DE OSVALDO PEUSNER

9 de noviembre 2014

 

Durante la conferencia sobre Borges que dicté muchos años atrás, Tricia cruzó el auditorio para servirse un café y volver con él a su asiento después de haber capturado las miradas masculinas lascivas, las miradas femeninas envidiosas y mi propia mirada lasciva, envidiosa y culpable a la vez. Claro está que yo podría disculparme por mi lascivia recurriendo a la Biología y repitiéndome, como lo hizo el Premio Nobel Konrad Lorenz, que soy “el eslabón perdido entre el simio y el ser humano”, tan solo un hombre, y los hombres mayoritariamente seguimos interesándonos por las mujeres; podría también, con el apoyo de la Psicología y de la Óptica, disculparme por mi envidia diciéndome que yo no quería compartir mi imagen de Tricia con la de las despiadadas miradas de las mujeres del público y, por fin, podría disculparme con Borges, empleando algunos recursos literarios, por haber desplazado el simbolismo de sus panteras babilónicas en favor del sustancioso lomo de la docente. Cuando Tricia completó el periplo para regresar a su punto de origen, seguramente mi rostro ya reflejaba mi descomposición moral mientras mi mente buscaba alinearse con las conocidas palabras del “Yo confieso”, que usted seguramente recordará y que yo sólo recuerdo aquí para darme fuerza para continuar sin pecar: “he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.” Las repetí como se repite al mejor de los mantras en un monasterio, pero apenas logré un alivio rítmico, casi respiratorio, porque a la culpa no se la expulsa apelando a la Mesopotamia, a la India o al Extremo Oriente sino a salvavidas más cercanos e interiores. Vuelvo entonces al foco del momento: mi culpa ante Borges. Pero justamente no puedo avanzar en el análisis de una culpa ideal o platónica hacia Borges porque él mismo, en el libro La historia universal de la infamia, se trató a sí mismo de “infame” por haber traicionado la realidad al representarla por escrito. Igual, me dije, aunque el maestro fuera un infame en algún plano literario, mi discurso debió serle íntegramente fiel a él, por más hembras o fantasías sobre las hembras que se me cruzaran. Me tomo ahora un segundo para hacer una aclaración superflua. Yo me siento culpable cuando cometo una falta contra una norma propia o contra una norma social, religiosa o laica con la que estoy de acuerdo; me siento infractor o violador cuando falto a las leyes que la sociedad me impone y que acepto para poder vivir en dicha sociedad aunque no siempre dichosamente. En el primer caso, puedo llegar a ser un delincuente o un inocente, pero nunca dejo de ser un pecador. En el segundo caso, en cambio, yo podría ser un pecoso y la sociedad adjudicarme el pecado de la piel, “la peca”, por el cual en Salem, en el estado de Massachusetts, a mí y a miles de irlandeses más nos hubieran condenado a muerte, pero yo no me sentiría culpable o pecador en ningún sentido de las palabras. Volviendo entonces al motivo de mi culpa de aquella ocasión, que se originó en Tricia o en mi debilidad por ella o, mejor aún, en mi debilidad por la imagen de ella o, mucho mejor, en mi debilidad por la imagen en movimiento de ella, o muchísimo mejor todavía, en mi debilidad por una imagen de ella que, al moverse, ni siquiera estaba allí, me remito a las palabras que una mujer me hizo llegar, como regalo de Halloween, después de su lectura de mi texto sobre Juan sin miedo: “pienso que a veces la culpa y el miedo, en una cuota razonable y reconociéndolos, no necesariamente son negativos”. Olvidándonos por un momento de las palabras, y recordando que los miedos tienen importantes funciones defensivas dentro del reino animal, tratemos de evitar bestialidades pensando en alguna función positiva de la culpa, además de la de hacernos sentir mal, un hecho francamente positivo para los clínicos, los terapeutas, los laboratorios y las cadenas farmacéuticas. No la encuentro fácilmente y, además, me cuesta entender de qué soy culpable. ¿Acaso yo mordí el fruto del árbol del Bien y del Mal? ¿Podría acaso identificarlo si lo viera delante mío o delante de mí, para no sentirme también culpable ante los “gramaturgos”? ¿A quién se le ocurrió plantar un árbol prohibido y mezclarlo entre los permitidos? ¿O alguien lo metió allí sólo para prohibirlo? ¿O para que el inexperto e inculto Adán tropezara con el primer palito bíblico? ¿Quién sería entonces el primer culpable? Ni Adán, ni Eva, ni usted, ni yo, seguramente. Y no sigamos pasando lista pues, si llegamos a nombrarlo, temo que nos irá muy mal. Luego, tratemos de no darle un lugar tan protagónico a la primera desobediencia del primer hombre porque, si bien es original, porque entonces casi todo era original, no es más que una anécdota para comentar durante la merienda con las amistades. Recordemos también que, además de nuestra “culpófila” civilización semita, existieron otras civilizaciones destacadas, como la indoeuropea, que se hizo significativa unos 3000 a.C., cuando los pueblos del norte emigraron hacia el sur por las grandes heladas, un hecho cuyas consecuencias ganarían color para mi amigo Tushar de Kolkata (Calcuta) que se comparaba con el pálido Sunnel de Mumbai (Bombay) o con el más oscuro Dravid de Chennai (la antigua Madrás sureña) y que inspiró a Nietzsche, a escribir su evangelio pagano bajo el título Así habló Zarathustra donde, en lugar de “la caída” de un hombre engañado por una mujer seducida por una serpiente que la invitó a comer un fruto prohibido, el episodio fundador del pueblo ario consistió en el robo del fuego a los dioses olímpicos por parte de Prometeo, un titán a quien Zeus castigó por ese delito atándolo a una montaña para que un águila le devorara el hígado hasta que Heracles lograra rescatarlo y llevarlo a vigilar la pista de hielo del Rockefeller Center donde, esta vez, no emigró por el frío, porque siguen alimentándolo con salmón atlántico del Rock Center Café, y donde los patinadores todavía confunden su acento indoeuropeo con el inglés de Brooklyn. Justamente en la cuestión idiomática se encuentra la segunda clave de las diferencias entre los mesopotámicos y los indoeuropeos. Si bien los descendientes de Noé no fueron tan soberbios como lo cuenta el Génesis, tampoco practicaron muy buena ingeniería al construir la Torre de Babel sin planos, sin memorias de cálculo y sin estudios de suelos, de allí que no fuera sorprendente el casi inmediato derrumbe de la obra que se convirtió así en el símbolo de nuestro caos lingüístico, nuestro individualismo y nuestro capitalismo salvaje; por el contrario, años más tarde, con mucha mejor ingeniería, los descendientes arios de Prometeo traducían el clásico hindú Bhagavad-gita, o simplemente el Gita (el canto o la canción), del sánscrito y descubrían que el sánscrito, el latín y el griego pertenecían a una misma familia a la que podían volver a reunir en una misma edificación de estructura firme y ordenada después de haber pasado muchos siglos de alejamiento entre sus partes. Lamentablemente, inflamados por este éxito lingüístico, algunos prometeicos se dejaron ganar por la soberbia y se extendieron a otros ámbitos malinterpretando los conceptos de orden de Pope, de selección natural de Darwin, de “superación de sí mismo” de Nietszche y creyéndose racialmente superiores a los demás habitantes y con el derecho a transformar al mundo en una carnicería a manos de los cuatro jinetes del Apocalipsis.

 

Pero volvamos a mi nueva charla sobre Borges en el nuevo auditorio de la vieja universidad, donde el público parecía disfrutar el juego del sube y baja entre Adán y Prometeo. Momentáneamente los rostros  me  seguían como si mis palabras les hubieran resultado interés. Y reitero la palabra “momentáneamente” pues nunca falta la anomalía para hacer entrar en crisis al mejor de los paradigmas… o a la mejor de las audiencias. En esta oportunidad sí, adivinó bien, allí estaba Tricia, la misma Tricia de antaño, más añeja que en su primer viaje, pero no menos atractiva a la vista del observador que, quizás con el tiempo, también había sufrido algún deterioro en su campo visual. Se acerca el desastre, me dije sin poder reaccionar, y viendo a la profesora, serena y sirena de pie, lista para zarpar y atravesar la literatura de mi conferencia. Hubo un silencio que aprovechó un joven estudioso de la primera fila para dispararme su primer dardo envenenado:

¿Quién nos tocó entonces? ¿Adán o Prometeo?

Lo miré como miramos a quien nos habla en medio del desempate por penales, pero sin dejar de mantener mi tercer ojo ciclópeo y pineal en el trayecto contoneante de Tricia y sin dejar de contestarle con cierto respeto:

– Somos Adán y Prometeo simultáneamente, aunque no haya paridad alguna entre los dos; somos los dos opuestos complementarios, como lo son Apolo y Dionisos, dos naturalezas imperfectamente contrarias que se necesitan para alcanzar el ideal estético, los orientales hablan del Ying y del Yang, los americanos de Hertz y de Avis, los argentinos de Boca y River.

Como el joven sólo quedó parcialmente satisfecho con mi respuesta, sin abandonar su inocente y sospechosa actitud estudiantil, volvió a la carga:

¿Y qué significaría esta respuesta volcada a nuestra vida cotidiana?

Me sonreí al comprender que no podría zafar con elegancia. Volví a mirarla a Tricia, que ya iniciaba su retorno triunfal con el público calladamente acompañándola al ritmo de la marcha de Aída, y respondí:

– Un día Prometeo roba el fuego del carruaje de Helios, otro día lo saca de la forja de Hefesto. Hoy se lo lleva de aquí mismo en la antorcha encendida de una profesora. Lo cierto es que, con Pandora o sin ella, Prometeo siempre tiene la llama en su poder.

Alcanzada por mis palabras, Tricia reapareció, reaccionó y las rechazó con las suyas:

– Yo no soy Pandora.

Tricia tenía razón. A diferencia de Eva, que fue una concesión divina pedida por Adán, Pandora fue una trampa de Zeus que nunca logró engañar a Prometeo. Sin embargo, no pude llegar a aclarar el tema porque un auditorio no permite este tipo de cavilaciones del orador y prefiere seguir encontrándole filamentos sueltos al tejido del discurso:

– No veo dónde lo perdió a Adán.

– Adán… Adán …- musité para darme tiempo.

– Sí – persistió el despiadado -. ¿Qué le pasó al rojo Adán de Borges?

– Eh… eh… el rojo Adán. Sí, el Adán del Génesis está moldeado con arcilla roja y, naturalmente, tiene que ser pelirrojo. No resultaría raro que el fruto prohibido hubiera sido una manzana roja como la que tentó a Blancanieves. Hasta podríamos llegar a  conjeturar que, para el momento de la expulsión, los dos rojos se neutralizaron y que el fuego quedó en “la espada encendida que se revolvía por todos lados para guardar el camino del árbol de la vida” mientras la arcilla vivaz de Adán fugazmente se volvía tierra inerte antes de llegar a convertirse en polvo o en molestia. Entretanto, los querubines permanecían al Oriente acompañando la despedida de la primera pareja con un feroz aleteo. Así fue como nuestro primer hombre perdió, junto a su lugar, casi simultáneamente el fuego, la tierra y el aire, tres de los cuatro elementos clásicos.

Tricia volvió a urgirme:

– El joven quiere saber dónde quedó tu Adán ahora.

– Sí, ¿qué le está pasando a Adán? – reiteró el interesado.

Yo no me quedé atrás en el suspenso.

– Se quedó con el cuarto elemento, el agua, lo que le significó la lluvia, el llanto, la tristeza y la melancolía. Nuestro primer hombre semita salió a trabajar acompañado por los primeros comprimidos de paroxetina, un buen antidepresivo para pacientes con buenos hígados.

Tanto el Gran Inquisidor como Tricia, su alma gemela, me miraron con la ansiedad de quien espera un gran final.

¿Y entonces? ¿A quién siguió usted? ¿A Adán o a Prometeo?

Creo que les hubiera bastado con mirarme a los ojos, pero traté de ser educado.

– No hubo elección real. Me encontré con ellos en la sala de espera de un famoso hepatólogo de Buenos Aires: Adán quería curarse de los efectos secundarios del psicofármaco, Prometeo de las heridas del águila que continuaba picoteándole el hígado y yo…

Tricia me desafió con la mirada.

¿Y vos qué…?

Me costaba emitirme de un golpe pero, aunque con dificultades, mirándola fijamente a los ojos le dije mi lasciva verdad:

– De la  bilirrubina que me hizo subir una profesora desfilando por su pasarela imaginaria.

Al menos por respeto, Tricia comprendió que debía callar en esa oportunidad; pero los estudiantes nunca abandonan:

¿Y usted, finalmente, aceptó el modelo de la culpa de Adán o el de la conquista de  Prometeo?

Me sonreí antes de contestarle porque sabía que se queadaría francamente decepcionado:

– Ninguno de los dos modelos. De allí en más, Adán, Prometeo y yo conjugamos nuestras posiciones.

Otra vez las dos miradas ansiosas y mi conclusión:

– Ahora nos convertimos en un trío de enfermos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PERFIL/PROFILE
¿Quién es Osvaldo? Who is Osvaldo?
o (Si llegara a leerme demasiado tarde)
or (if you happen to read me a bit late)
¿Quién fue Osvaldo? Who was Osvaldo? (but don't get sad yet)
Osvaldo recibió tres títulos del M.I.T.: uno laboral, en ingeniería química; otro secante, en Filosofía, y otro humectante, de guardavidas de la Cruz Roja Internacional. Valga aclarar que nunca salvó a nadie.
Osvaldo obtained three degrees at M.I.T.: a major one in Chemical Engineering, a minor one in Philosophy, and a medium one in Lifesaving. Of course, he never saved anybody’s life.
Osvaldo practicó el humor antes del despido en sus variadas actividades:
Osvaldo practiced humour before he was fired from the numerous jobs and activities that he engaged in and we list below:
- como profesor de Humor en la Literatura en el MUSEO MALBA,
- Professor of Literary Humour at the MUSEO MALBA (Argentina’s MOMA),
- como Director de ingreso del I.T.B.A. entre los años 2000 y 2003 y profesor de Dirección de Proyectos durante 8 años en la misma institución,
- Dean of Admissions from 2000 to 2003 at the Buenos Aires Institute of Technology and full professor in Project Management during 8 years at the same institution,
- como Gerente de proyectos de la Organización TECHINT durante 10 años,
- Project Manager during 10 years at Techint, the largest engineering, procurement, and construction company in Argentina,
- como director de producción de la MINA ÁNGELA, yacimiento de oro, plata, cobre, plomo y zinc en la Patagonia, donde ni siquiera supo hacerse rico,
- Production Manager at MINA ÁNGELA, a gold, silver, copper, lead, and zinc mine where he didn’t become rich at all,
- como ingeniero en procesos de nylon de DUCILO (Du Pont Arg),
- Process engineer at DUCILO’s (DU PONT fibers) nylon factory in Berazategui, State of Buenos Aires, where he studied women’s stockings and underwear rather than women themselves,
- como profesor de Teoría del conocimiento y Metodología de la investigación en la U.T.N. Gral Pacheco, que durante su gestión se llamaron Teoría de la Ignorancia,
- Professor in Theory of Knowledge (Episthemology) at the UTN (National Technical University) graduate school, a course familiarly identified as Theory of Ignorance during his times,
- como escritor de fracasados libros y aburridos artículos, que actualmente están ubicados en las mesas de liquidación del Parque Rivadavia,
- writer of various unreadable books and many most boring articles,
- como columnista radial en FM CULTURA y RADIO DE LA CIUDAD, donde gracias si, por distracción, lo escuchaba algún colega de la mesa,
- radio commentator for FM CULTURA and AM RADIO DE LA CIUDAD,
- como coordinador de talleres literarios de niños, adolescentes y grandes,
- coordinator of literary worshops for children, teenagers and adults,
- como jugador de vóleibol de primera división de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, donde aprendió a vivir a los pelotazos.
- first division volleyball player for Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, one of the four top teams in the local league.

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