FLOR DE ENCUENTRO

Florido encuentro o Florida Garden

por Osvaldo Peusner

12 de abril de 2014

(ver  El caballero de la rosa de Richard Strauss versión Pavarotti en YouTube)

 

No fue más que un gesto anacrónico que, si bien finalmente resultó fatal para la hermosa mujer, en el origen no había buscado herir a nadie, ni a ella ni a él, a quien de ahora en más, y como resultado de aquel gesto, llamaré “el gestor” aunque no fue un gestor de trámites como los que conocemos, sino un gestor de anacronismos o de destinos, si existiera tal cosa y si usted pudiera perdonar la repetición de las “de” en esta última frase. La reunión entre ellos fue una primera y única ocasión de  intercambio verbal filosófico, por parte de la mujer, y literario, por parte del hombre, en el diminuto ámbito que permite la pequeña mesa de un café céntrico, en el reducido lapso de una hora y cuarto. La conversación versó sobre temas de tan elevado y profundo carácter que mis limitaciones de narrador me impiden volcarla con justicia, pero básicamente se centraron en las palabras de un filósofo del tercer milenio, cuyo nombre también se me escapa, que dijo exactamente: “nada es imposible” o, quizás “imposible es nada” o, tal vez “imposible” o “nada”. Se imaginarán que tales palabras pueden llevar a conversaciones de horas, días, cursos, tesis, libros y mucho más, pero que yo, en mi rol de narrador, lápiz y pocillo en mano, ya que en esos locales hasta el narrador está obligado a consumir, no podía advertir a los dos académicos sobre la irreversibilidad del tiempo heraclitano, dado que yo no estaba allí para opinar, prevenir, alertar o dar cátedra sino para mantener el más agudo silencio. Igualmente, en algún momento la charla comenzó a declinar para dar espacio a una despedida ritual entre esas dos personas que apenas se conocían, que se apreciaban sin saberlo, y que algún día podrían llegar a encontrarse en algún plomizo acto cultural sin saber qué decirse o, siquiera, si decirse algo.

Volviendo al hilo, ya se habían dicho, sonreído y besado formalmente cuando un acto imprevisible terminó con el placentero ceremonial antedicho.

Voy a pedirles ahora que no me obliguen a relatarles ni detallada ni rápidamente el  ataque sexual de ese mismo hombre a esa misma mujer justo ante la puerta de ese local, bajo la cortina de aire acondicionado que separaba a los porteños celestiales de los infernales. ¿Qué incidencia tiene el aire acondicionado en estos delitos sexuales? Mucha, créame, mucha. Recuerde que las palometas del río Paraná se volvieron más agresivas y carnívoras con el aumento de la temperatura de la aguas. Pero no me crea sólo porque tiene fe en mis palabras sino por convicción. Le adelanto la parte teórica sin irme por las ramas, como sería mi tendencia habitual. En la teoría cinética de los gases ideales, que nos rige cuando somos ideales o gaseosos, vemos que la velocidad aleatoria promedio de una molécula depende en forma directamente proporcional de la raíz cuadrada de la temperatura absoluta de un ambiente y en forma inversamente proporcional de la masa de la molécula. A mayor temperatura, mayor velocidad de las moléculas (de todas las moléculas, valga aclarar); a mayor peso de la molécula, menor la velocidad de la molécula (o del individuo completo, para el caso). Lo cierto es que en la confitería hacía mucho calor, aún para un narrador, y que aquel canalla, a quien ustedes todavía no registran como canalla pero ya lo conocerán, que tenía bien planificado su ataque, esperó un descuido de la mujer para encorvarse o agacharse según algunos testigos o agazaparse para otros, sacar su brazo derecho como para lanzar un “hook” (gancho) fulminante contra el hígado de su oponente, es decir la mujer o la víctima, girar su cuerpo unos noventa grados en sentido contrario a la rotación de las agujas del reloj, buscar el artefacto letal que todavía ocultaba en un portafolios que colgaba del lado izquierdo de su cuerpo y antes de que ella pudiera gritar, correr, refugiarse o desvanecerse, el hombre le apuntó al pecho con un agresivo ramo de rosas rosadas.

No quiero ser injusto ahora con el lector. Seguramente es mucho más joven que yo y difícilmente haya visto en los cines (los llamábamos biógrafos en mis tiempos) ciertas películas de terror que atemorizaban a la juventud, pero sé también que las cinematecas modernas guardan como tesoros muchos films en los que el terror se manifiesta en la mirada de una hermosa mujer que inexplicablemente se hipnotiza y queda a merced de monstruos descomunales como Frankenstein, Drácula, el Golem, King Kong o, peor todavía, de quienes se esmeraban por representar los papeles monstruosos como Bela Lugosi, Boris Karloff, Peter Lorre, Vincent Price. Ése tipo de mirada de terror fue también la mirada de la mujer filosófica hacia las flores que todavía seguían allí, frente a ella, a centímetros de su esternón, a milímetros de sus mamas, aunque sin poder definir con exactitud si en forma equidistante de ambas pues la naturaleza tampoco es igualitaria aún en cuestiones tan gemelas como las que nos ocupan.

Efectivamente, mi libro de Fenomenología y existencialismo lo resumiría en estas palabras: ella estaba “en presencia del Otro”. ¿Qué clase de pavada está diciendo este narrador? Bueno, muchas; no sería narrador si no las dijera. Volviendo entonces a la rara expresión mencionada, ella había perdido su “ser” en favor de quien la dominaba en ese momento, que no era yo precisamente sino alguna imagen del mal todopoderoso, peor aún que el Satanás de Milton en El paraíso perdido diciéndonos: “Mal, sé tu mi Bien”. Había quedado inerme sin ver las mismas flores que miraba:

–              ¿Qué… qué… qué… es esto? – murmuró.

Traté de responder desde mi lugar:

–              Es un ramo de flores, señora.

Agregué:

–              Una flor es una flor.

Pero nadie me escuchó porque el narrador no existe en el plano verbal y, muchas veces, ni siquiera en el plano escrito.

La mujer no escuchó mi expresión, no volvió a mirar al agresor pero huyó y buscó refugio en la farmacia lindera. Se acercó al farmacéutico a cargo y le pidió ayuda:

–              ¿Tiene algún medicamento para la falta de aire? – le preguntó.

–              Sí, por supuesto – respondió el boticario -. La respiración. Tiene que respirar hondo para cortar el jadeo que la está ahogando. Empiece por oler esas hermosas rosas que le ofrendaron.

–              Acaban de violarme – sollozó la mujer temblorosa.

–              ¿Y el violador le dejó las rosas para marcar su fechoría? – indagó el hombre del mostrador con un rostro que pasó de la autoridad a la desfiguración. Valga esta aclaración para los más jóvenes: a partir de 1976, fecha de lanzamiento de la película “Doña Flor y sus dos maridos”, basada en el texto de la “novela rosa” de Jorge Amado, ningún farmacéutico latinoamericano podía sobrellevar su semejanza con Teodoro, el pudoroso colega casado con doña Flor en segundas nupcias, siempre perdedor en la cama, aún compitiendo contra Vadinho, el difunto primer marido de la mujer, quien retornaba desde las sombras para compartir su ardor, su desnudez y su lascivia con Flor, quien lo recibía sin culpa pues, al fin y al cabo, nadie podía prohibirle a una mujer en plenitud disfrutar de un buen revolcón con su propio marido.

El boticario se recuperó y sonrió:

– ¡Qué extraño delito! Una floración en lugar de una desfloración – prosiguió el hombre -.  ¿Qué arma usó para someterla?

– ¡Las flores! – gritó ella con un volumen más acorde con su turgencia que con su volumen pulmonar -. ¿No me entendió?

– Sí, la entiendo señora – respondió el farmacéutico un poco más distante o precavido -. Le recomiendo hacer la denuncia en la seccional o la pericia en un hospital público.

La mujer se quedó callada, sentada, inclinando ahora su cabeza y su vista hacia las rosas. Fue reconociendo los pétalos grabados en la escritura del dios, en la primer mirada de Adán en el Jardín, en el recuerdo de origen y de su paso por el Paraíso, en el color de la esquina más literaria de Buenos Aires. Las miró casi lagrimeando antes de levantar su frente para preguntar:

– ¿No son hermosas?

El hombre midió su respuesta:

– Sí, claro que sí. Hace tiempo que no veo flores como éstas.

– ¡Lástima que estén muertas! – prosiguió la mujer filosófica, bastante más apaciguada.

El farmacéutico intentó elevar el estado mortecino de su interlocutora desplegando ante ella un discurso floral con el siguiente final fisicoquímico feliz:  …Es así que, colocando la flor en un medio secante, esa misma rosa puede mantener la imagen de su belleza hasta los últimos días de la eternidad.

– ¿No se muere nunca? – preguntó la mujer como si temiera un hechizo o algo más grave. Se tranquilizó cuando escuchó la parte práctica de las instrucciones:

– No, por favor, no es brujería. En el laboratorio no generamos ni extendemos la vida. Solamente momificamos la flor deshidratándola en una caja con bórax o con gel de sílice. Después de una semana, las flores que sacamos de la caja parecen hechas de cristal, como los brillantes de una joyería.

De la palabra al hecho transcurrieron unos pocos minutos. El hombre quiso venderle sólo la única lata que tenía, pero ella no abandonó la farmacia hasta que él le consiguió muchas latas más de la química científica y las ubicó en el baúl de un taxi, mientras ella tomaba asiento en el vehículo apoyando sus apreciadas rosas sobre su regazo.

Pocos días después los medios nos anunciaban que una mujer había aparecido muerta en su domicilio junto a un ramo de rosas. El titular la denominaba “la mujer de cristal” pues tanto ella como las flores estaban cristalizadas. ¡Asesinato!, gritaba el mundo de los sensibles. ¡La mataron! Pero si bien los forenses argentinos están preparados para realizar una gran variedad de estudios, incluso para resolver el caso del asesinato ejecutado con un punzón de hielo que desapareció disuelto en una inocente jarra de agua ubicada en una mesa junto a la víctima, no son especialistas en vidrio o cristal como para determinar la fecha, la hora y las circunstancias de un crimen opacado en su misma transparencia.

– Llamen al Museo de Ciencias Naturales de Harvard; tiene una de las mejores colecciones de flores de cristal del mundo – sugirieron.

Pero los teléfonos no tenían crédito o nuestros detectives sólo hablaban el inglés del Cambridge, una variante muy lejana de la que habían usado Edgar Allan Poe en el Nuevo Mundo o el Padre Brown en el Viejo Mundo o de la que usaban en la actualidad los universitarios bostonianos.

Afortunadamente, los pesquisantes encontraron la agenda de Cristal, nombre con el que habían bautizado a la occisa en los programas televisivos nocturnos, y en la agenda la reunión con el gestor en el café. Por supuesto, nada quedó librado al azar. Llegaron los movileros de los canales y las radios para entrevistar a todos, luego aparecieron los patrulleros con los policías, los investigadores asignados y los judiciales, todos recién maquillados.  Sin embargo, ninguno de ellos sabía su libreto como el farmacéutico, quien se había preparado para el caso a través de una larga vida de mediocridad y esperanza. Él fue quien introdujo la palabra “violación” en el caso y quien disertó sobre la gel de sílice y sobre la química orgánica en general:

– Toda nuestra vida se basa en la química del carbono, pero también podría existir una química del silicio, de menor diversidad que la otra, pero de mayores posibilidades térmicas. Imagínense ustedes: sustancias más próximas al amianto que al nylon.

Claro está que sus audiencias fueron imbatibles, aunque su química de alta temperatura remitiera a una vieja historieta aparecida en el Tony y no a una clase magistral del Dr. Naum Mittelman en la UBA. Afortunadamente la investigación siguió  su curso hasta llegar al gestor que, como buen delincuente, había sido entrenado por sus abogados para negar todo: la violación, el ataque, el apetito sexual, la celada. No le alcanzaron los “nos” para salvarse de la prisión donde fue enviado para pudrirse hasta que lo enterraran y quedara cubierto por sus propias armas florales.

Lamento decirles que no será así. Está en una cárcel argentina en la que la “buena conducta” tiene premios y, aparentemente, está muy próximo a ganarse el puesto de jardinero institucional, desde el cual, me temo, organizará nuevas y anacrónicas fechorías.

 

PERFIL/PROFILE
¿Quién es Osvaldo? Who is Osvaldo?
o (Si llegara a leerme demasiado tarde)
or (if you happen to read me a bit late)
¿Quién fue Osvaldo? Who was Osvaldo? (but don't get sad yet)
Osvaldo recibió tres títulos del M.I.T.: uno laboral, en ingeniería química; otro secante, en Filosofía, y otro humectante, de guardavidas de la Cruz Roja Internacional. Valga aclarar que nunca salvó a nadie.
Osvaldo obtained three degrees at M.I.T.: a major one in Chemical Engineering, a minor one in Philosophy, and a medium one in Lifesaving. Of course, he never saved anybody’s life.
Osvaldo practicó el humor antes del despido en sus variadas actividades:
Osvaldo practiced humour before he was fired from the numerous jobs and activities that he engaged in and we list below:
- como profesor de Humor en la Literatura en el MUSEO MALBA,
- Professor of Literary Humour at the MUSEO MALBA (Argentina’s MOMA),
- como Director de ingreso del I.T.B.A. entre los años 2000 y 2003 y profesor de Dirección de Proyectos durante 8 años en la misma institución,
- Dean of Admissions from 2000 to 2003 at the Buenos Aires Institute of Technology and full professor in Project Management during 8 years at the same institution,
- como Gerente de proyectos de la Organización TECHINT durante 10 años,
- Project Manager during 10 years at Techint, the largest engineering, procurement, and construction company in Argentina,
- como director de producción de la MINA ÁNGELA, yacimiento de oro, plata, cobre, plomo y zinc en la Patagonia, donde ni siquiera supo hacerse rico,
- Production Manager at MINA ÁNGELA, a gold, silver, copper, lead, and zinc mine where he didn’t become rich at all,
- como ingeniero en procesos de nylon de DUCILO (Du Pont Arg),
- Process engineer at DUCILO’s (DU PONT fibers) nylon factory in Berazategui, State of Buenos Aires, where he studied women’s stockings and underwear rather than women themselves,
- como profesor de Teoría del conocimiento y Metodología de la investigación en la U.T.N. Gral Pacheco, que durante su gestión se llamaron Teoría de la Ignorancia,
- Professor in Theory of Knowledge (Episthemology) at the UTN (National Technical University) graduate school, a course familiarly identified as Theory of Ignorance during his times,
- como escritor de fracasados libros y aburridos artículos, que actualmente están ubicados en las mesas de liquidación del Parque Rivadavia,
- writer of various unreadable books and many most boring articles,
- como columnista radial en FM CULTURA y RADIO DE LA CIUDAD, donde gracias si, por distracción, lo escuchaba algún colega de la mesa,
- radio commentator for FM CULTURA and AM RADIO DE LA CIUDAD,
- como coordinador de talleres literarios de niños, adolescentes y grandes,
- coordinator of literary worshops for children, teenagers and adults,
- como jugador de vóleibol de primera división de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, donde aprendió a vivir a los pelotazos.
- first division volleyball player for Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, one of the four top teams in the local league.

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