EN LAS VÍAS I

EL MISMO TREN Por Osvaldo Peusner 21 de junio 2013

 

Mientras avanzaba por los pasillos del tren a Rosario (1) para llegar hasta el vagón comedor, comencé a rogar que la pantera que se me anticipaba en la procesión integrara el cuarteto de comensales de mi mesa. Así fue, efectivamente, pues el maitre nos condujo hasta los dos asientos adyacentes enfrentados con otros dos asientos ya ocupados por dos viejitos elegantes. Apenas hubo tiempo para intercambiar con ellos los saludos protocolares, mirar los reducidos menúes y pedir la comida sin complicarle la vida al mozo. La pareja mayor trató de exhibir más unidad de criterio matrimonial que buen gusto para solicitar:

–       Un muslo al ajillo – por parte de la mujer.

–       Una pechuga a la provenzal – por parte del hombre.

Como si quisiera cumplir con el lugar común “no hay dos sin tres”, la felina tampoco se desvió demasiado:

–       Un muslo al champignon.

Y yo, para tratar de acercarme a la joven, completé el plumífero rompecabezas ordenando:

– Una pechuga a la naranja.

El mozo desarrolló su mejor sonrisa para poder lucirse:

– ¡Qué inclinaciones tan avícolas! – expresó en palabras que, posiblemente, reflejaran tanto un preciso dictamen científico sobre nuestra alimentación, como una tenue burla hacia nosotros, a quienes, no muy veladamente, desearía llamar “pajarones”.

No me preocupé por el comentario ya que mi vecina me sonreía  en aprobación de mi armonía con el trío, yo le sonreía a ella porque presentía la formación de nuestro dúo y el matrimonio mayor también sonreía, quizás, porque deseaba obtener la conducción del cuarteto. Lamentablemente, la anciana pronto nos desconcertó con su pregunta:

–  ¿Hace mucho que se casaron?

– Mucho menos tiempo que ustedes – ronroneó la joven a través de una  generosa sonrisa.

El veterano pareció dispuesto a sumar sus imprudencias a las de su cónyuge:

– ¿No estarán de luna de miel? – preguntó sin el menor pudor, tal vez por habernos conocido arrancando manzanas en el Edén o cometiendo algún otro pecado junto al Tigris.

– Discúlpeme, señor… – intenté reaccionar.

– Octavio. Dígame Octavio, por favor – aclaró -. No se sonroje, muchacho, que los más jóvenes deben extender nuestro linaje.

– No, señor Octavio – comencé nuevamente -. Si bien yo oscilo entre estar en la luna y estar en la vía, le aseguro que nosotros no  estamos de luna de miel, a menos que…

Ahora Gatúbela (2) se adelantaba a mi parlamento:

– … definamos unos cuantos temas antes de llegar a Rosario.

– ¡Ah! – completó la mujer -. Vas a estar divina en tu vestido blanco. “Blanca y radiante”, dice la letra de la canción (3). Yo me llamo Rosa, pero todos me dicen Rosi y me casé de rosa aunque no se acostumbraba. Mis amigas decían que iba a costarme el divorcio… ¿Cómo dijiste que te llamabas, querida?

– Ana – respondió ahorrando letras y descubriendo una hermosa mirada verde.

También yo traté de imaginar:

– Pero cuando viajamos en tren, ella es Anna por Karenina (4), y  yo soy Yuri por Zhivago (5), aunque legalmente mi nombre de narrador sigue siendo Osvaldo.

– Si resolvemos todas nuestras diferencias dentro del tren, – intervino Ana – pasaré a ser Lara o Larissa (6).

El rostro del anciano parecía haber abandonado su puerilidad  pecaminosa para elaborar un pensamiento difícil:

–       ¿No terminaron los dos atropellados por los trenes?

– No – le corté -. Anna Karenina se suicidó tirándose bajo las vías de un tren; el Dr. Zhivago sufrió un ataque cardíaco al descender de un tranvía.

La señora mayor reveló entonces que el desconocimiento no le impedía sostener una buena conversación social:

– Claro, el motorman de entonces era tan brusco como el colectivero actual, pero el tramway tenía salvavidas.

Tuve que recordarles que Yuri no había muerto por culpa de un freno o de un acelerador sino por una fuerte emoción al ver a Lara caminando por la vereda.

Afortunadamente, apareció el mozo para distribuir los cuatro platos de nuestro grupo temático y se retiró antes de que le hiciéramos cualquier comentario sobre sus chanzas. El equilibrio de la mesa se desplazó rápidamente desde el diálogo hacia la masticación y, aunque esta última no dejó de ser más ruidosa que la primera, los silencios en medio de la comida nos permitieron sentir el rítmico traqueteo del tren sobre las vías dormidas. Por suerte, este corredor ferroviario incluía estaciones tan santorales y pobladas como Retiro, San Pedro, San Nicolás y Rosario, lo que hacía difícil prever un encuentro con caballeros en armadura que confundieran al foco y al silbido de nuestra locomotora con los aullidos llameantes de del dragón del cuento (7). La conversación entre bocados no dejó más que información entre nosotros: Octavio había sido juez de primera instancia hasta su jubilación, Rosi era la mejor anfitriona de la mejor sociedad, Ana era química orgánica en una planta junto al Paraná y yo, químico narrativo municipal.

– ¿De dónde sacaste esa profesión? – me preguntó Ana con una sonrisa de incredulidad -. ¿Tenés diploma?

– Sí, claro – contesté soberbia, fría y humildemente a la vez -. Me gradué en el Tecnológico de Massachusetts (8) el mismo año en que Borges escribía “El otro” (9) en un banco a la vera del río Charles.

– Con razón parecen tan armónicos – soltó el juez en dirección de Rosi -. Los dos son químicos.

– Para mí que Yuri le cantaba “La paloma blanca” (10) a Ana en la ronda del jardín – agregó una Rosi casi desquiciada y desquiciante.

Pero Ana ya tomaba el puño de la camisa a la altura de mi   muñeca izquierda y, con una sonrisa de adoración esmeralda, me amenazaba:

– ¿Qué carajo estudia un químico narrativo?

De no haber sido por mi brazo aprisionado fieramente en el torniquete de Ana, yo habría estado muy feliz jugando a las manitas con ella. No siendo así, opté por contestarle sobriamente:

– Las mismas que estudiaste vos pero reemplazando varias químicas del carbono por un par de filosofías y varios seminarios literarios.

– ¿Seminarios? – repitió Ana con algún toque de sorna en la voz.

– Sí, seminarios con especialistas destacados. No sólo los hace el M.I.T., mi viejo también los cursó en la Argentina antes de mi nacimiento.

-¿Qué? ¿Tu padre también tiene un título en narrativa? – preguntó ahora, casi a punto de gritar.

– Sí – preanuncié -. Padre narrativo.

– ¿Me tomás por imbécil? – preguntó la pantera ya sacada -. Eso no existe, como tampoco existe el químico narrativo.

Contesté como un gran filósofo:

– Sí que existen. Son carreras más adecuadas para narrar la profesión que para cumplirla en un laboratorio químico o en un hogar.

Justo entonces, cuando tal vez para calmarse, Ana comenzó a aspirar un volumen de aire que le expandía dignamente los pectorales, un operativo al que Octavio dedicó enorme atención y que fue plenamente captado por Rosi, a quien se le ocurrió distraerlo preguntándole sobre si sacarse o no el saco de hilo que la hacía traspirar.

– ¿Y qué se yo? – gritó el juez totalmente desbocado, desmedido, desaforado -. ¿Qué te crees? ¿Qué soy tu médico?

Fue un momento desagradable que anunció la retirada del matrimonio mayor hacia sus asientos en el único vagón Pullman de nuestro tren. Octavio se fugó sin animarse a saludarnos, mientras Rosi se despedía sin haber captado o comprendido su rol en el papelón.

–       Adiós, chicos. Les deseo mucha felicidad.

Apenas acabaron de partir, Ana se mudó al asiento en frente del mío. En el proceso de pararse, salir del asiento fijo, eludir todas las trabas, rotar el cuerpo a medio contorsionar, llegar al nuevo asiento y sentarse, ni pudo dejar de lucir su estilizada figura ni pudo evitar las miradas fotográficas, estroboscópicas y multifocales provenientes del resto del vagón, masculinamente lasciva una parte y femeninamente feroz la otra, antes de quedar ubicada en posición de contienda o de diálogo conmigo. Éramos dos a la mesa, dos con muchas cosas para decirnos.

– ¡Al fin solos! – empecé.

– Mirá que ya se fueron – me respondió incómoda -. Podemos hablarnos sin clichés, frases hechas y lugares comunes.

– Sí, claro – decidí expresarme sin rodeos -. ¿Vas a casarte conmigo?

–  ¿Pensabas proponérmelo? – replicó tajante.

– Sí – respondí con firmeza.

– Adelante – invitó.

– ¿Querés casarte conmigo? – insistí con intensa ingenuidad.

– ¿Para qué? Si no nos conocemos – me disparó despiadadamente.

– Para cumplir con nuestro destino. El azar nos sentó juntos, los viejos nos casaron y vos misma aceptaste la idea – volví a intentar.

– Ellos lo querían así y yo les seguí el tren para complacerlos… durante la cena – me respondió midiendo cada palabra -. Una cosa es compartir la mesa y otra cosa conocernos. Ni siquiera sé si me interesaría… sos tan mentiroso… con lo que dijiste de los narradores…

Me reí con la risa de un personaje de ópera barroca:

– Eso no se llama mentira sino imaginación. En la empresa italiana en la que trabajaba me decían: “los americanos tienen el método, nosotros la imaginación” (11).

Volvió a reírse, con la risa de los inteligentes, que nunca pierden la cabeza aún en una actividad en la que la cabeza debe perderse:

– Puedo imaginarte mintiendo en italiano.

Y siguió riéndose sin darse cuenta de que su risa se mezclaba con la mía y de que el agradable respiro entre estocadas nos estaba permitiendo mirarnos y disfrutarnos.

Justo entonces, mientras nos miraba como Cupido mira a sus víctimas recién flechadas o ensartadas, el maitre desplegó su mejor cortesía para decirme:

– ¿No podrá negarme que le elegí el mejor lugar en la mejor mesa?

Asentí con una sonrisa débil y evitando cruzar mi vista con la de Ana, quien ya no podía contener su reacción ni siquiera para dejarme completar esta misma línea:

– ¡Basura! – gritó haciéndose oír en todo el salón.

– Vos malentendiste al señor – me defendí ante ella y su público, o sea el resto del vagón, pero sin mayor convicción.

– Pagarle al maitre para sentarte conmigo y hablarme del Destino – prosiguió en volumen audible para todo el paralelepípedo -. Sos una basura. No, no. Son dos basuras, sí, dos basuras.

Se paró furiosa, fogosa y felina como para arrancar la atención y la admiración de todos los comensales y se retiró sin pagar la cuenta.

Con calma gastronómica, el maitre atinó a preguntarme:

– Señor, ¿usted…?

– Sí, yo cubro la cuenta – le respondí por lo bajo.

Aliviado, retomó en tono de disculpa:

– Lo lamento, señor. No pensé que…

Lo interrumpí porque yo entendía mucho más que él de estas cuestiones ferroviarias:

– “Contra el Destino, nadie la talla” (12).

 

 

A Newell’s Old Boys de Rosario, brillante campeón del Torneo Final de fútbol 2013 (13).

 

 

1) Tren a Rosario: dos empresas cubren el servicio de Retiro a Rosario Norte: la Unión de Gestión Operativa, que viaja de lunes a viernes con paradas intermedias, duración 7 horas, y la Ferrocentral, que viaja cuatro veces por semana, sin paradas para continuar su trayecto a Córdoba o Tucumán, duración 7 horas y media, mucho tiempo para poco trayecto por mal estado de las vías.

2) Gatúbela: nombre que le dan a Catwoman en algunos países de habla hispana. Es una heroína-villana que hace de atractiva contraparte al personaje de Batman. El atuendo de Gatúbela siempre es más felino y sensual que el del aburrido Batman. Gatúbela o Catwoman también se llama Selina Kyle. Fue interpretada por muchas actrices Julie Newmar y Lee Merywether, en la televisión, y por Michelle Pfeiffer, Halle Berry, Anne Hathaway entre otras, con algunas variaciones gramaticales en los títulos: Batman Begins, Batman Beyond, Batman Forever.

3) “Blanca y radiante”: primeras palabras de la canción “La novia”, de Antonio Prieto, 1961.

4) Anna Karenina: novela de argumento realista y de longitud increíble, escrita por León Tolstoi y publicada por primera vez en 1877.

5) Dr. Zhivago: novela de Boris Pasternak, publicada en 1957. Su personaje central es el Dr. Yuri Zhivago. Yuri: no tiene traducción al castellano según mis conocidos, pero mi computadora la vincula con Jorge, del griego Georgos, que etimológicamente quiere decir “El que labra la tierra”, cosa que no hacían ninguno de los Yuris que conozco: Yuri Gagarin, el primer astronauta, andaba por el cielo y el Dr. Yuri Zhivago, cuidaba a  sus enfermos. En cuanto a Zhivago, mi Wikipedia sostiene que tiene la misma raíz de la palabra “vida”.

6) Lara: personaje femenino central del libro Dr. Zhivago.

7) El dragón, cuento del libro Remedio para melancólicos (1960) de Ray Bradbury.

8) Instituto Tecnológico de Massachusetts (M.I.T.), escuela de excelencia mundial en ingeniería, ciencias y filosofía. Tuvo su brillo máximo en el período 1963-1968 mientras el autor de este cuento estudiaba ingeniería y filosofía en sus aulas.

9) “El otro” cuento de Jorge L. Borges, publicado en El libro de arena, 1975, en el que dos Borges se encuentran a charlar sentados en un banco a la orilla del río Charles, Cambridge, Massachusetts.

10) “La paloma blanca”: tradicional canción de niños, muy útil para obtener el primer piquito.

11) “Los americanos tienen el método, nosotros tenemos la imaginación”, una de las tantas frases hechas empleadas en la mayor empresa de ingeniería, construcción y montajes de la Argentina.

12) “Contra el Destino nadie la talla”: verso perteneciente al tango “Adiós muchachos”, letra de César Vedani, música de Julio César Sanders, interpretada por Carlos Gardel, 1927.

13) Una aclaración para aquellos con inclinaciones literarias que quieran ver en el nombre Newell’s Old Boys un oxímoron por la combinación de New y Old en una misma expresión o el adjetivo “old” (viejo) rodeado por “new” (nuevo) y “boys” (chicos). Lo lamento. “En 1884, Alexander Watson Hutton -padre del fútbol porteño- funda el Buenos Aires High School y echa a rodar el primer balón de cuero. Ese mismo año, Isaac Newell funda en Rosario el Colegio Comercial Anglo Argentino y da comienzo con la práctica del fútbol, utilizando el primer reglamento importado desde Inglaterra. Es el puntapié inicial del verdadero football association en la Argentina. Ambos pioneros serán el antecedente inconfundible de dos entidades legendarias: el Alumni Athletic Club y el Club Atlético Newell’s Old Boys.” Es decir, según el relato, Newell es un apellido que bien pudo ser Hutton o Martino.

 

 

 

PERFIL/PROFILE
¿Quién es Osvaldo? Who is Osvaldo?
o (Si llegara a leerme demasiado tarde)
or (if you happen to read me a bit late)
¿Quién fue Osvaldo? Who was Osvaldo? (but don't get sad yet)
Osvaldo recibió tres títulos del M.I.T.: uno laboral, en ingeniería química; otro secante, en Filosofía, y otro humectante, de guardavidas de la Cruz Roja Internacional. Valga aclarar que nunca salvó a nadie.
Osvaldo obtained three degrees at M.I.T.: a major one in Chemical Engineering, a minor one in Philosophy, and a medium one in Lifesaving. Of course, he never saved anybody’s life.
Osvaldo practicó el humor antes del despido en sus variadas actividades:
Osvaldo practiced humour before he was fired from the numerous jobs and activities that he engaged in and we list below:
- como profesor de Humor en la Literatura en el MUSEO MALBA,
- Professor of Literary Humour at the MUSEO MALBA (Argentina’s MOMA),
- como Director de ingreso del I.T.B.A. entre los años 2000 y 2003 y profesor de Dirección de Proyectos durante 8 años en la misma institución,
- Dean of Admissions from 2000 to 2003 at the Buenos Aires Institute of Technology and full professor in Project Management during 8 years at the same institution,
- como Gerente de proyectos de la Organización TECHINT durante 10 años,
- Project Manager during 10 years at Techint, the largest engineering, procurement, and construction company in Argentina,
- como director de producción de la MINA ÁNGELA, yacimiento de oro, plata, cobre, plomo y zinc en la Patagonia, donde ni siquiera supo hacerse rico,
- Production Manager at MINA ÁNGELA, a gold, silver, copper, lead, and zinc mine where he didn’t become rich at all,
- como ingeniero en procesos de nylon de DUCILO (Du Pont Arg),
- Process engineer at DUCILO’s (DU PONT fibers) nylon factory in Berazategui, State of Buenos Aires, where he studied women’s stockings and underwear rather than women themselves,
- como profesor de Teoría del conocimiento y Metodología de la investigación en la U.T.N. Gral Pacheco, que durante su gestión se llamaron Teoría de la Ignorancia,
- Professor in Theory of Knowledge (Episthemology) at the UTN (National Technical University) graduate school, a course familiarly identified as Theory of Ignorance during his times,
- como escritor de fracasados libros y aburridos artículos, que actualmente están ubicados en las mesas de liquidación del Parque Rivadavia,
- writer of various unreadable books and many most boring articles,
- como columnista radial en FM CULTURA y RADIO DE LA CIUDAD, donde gracias si, por distracción, lo escuchaba algún colega de la mesa,
- radio commentator for FM CULTURA and AM RADIO DE LA CIUDAD,
- como coordinador de talleres literarios de niños, adolescentes y grandes,
- coordinator of literary worshops for children, teenagers and adults,
- como jugador de vóleibol de primera división de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, donde aprendió a vivir a los pelotazos.
- first division volleyball player for Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, one of the four top teams in the local league.

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